martes, 17 de diciembre de 2013

El M23 no es una rebelión congoleña

Hace pocas semanas, la noticia sobre la derrota de los rebeldes del M23 y su “abandono” de la lucha armada en el este de la República Democrática del Congo fue acogida con satisfacción por la comunidad internacional y recogida profusamente por la prensa. En todas las crónicas periodísticas y en todas las intervenciones de los protagonistas de la política africana e internacional se trató al M23 de “rebelión congoleña”. ¡Craso error!

Porque un análisis, mínimamente serio de lo que está aconteciendo desde hace varios años en la sufrida parte este de la República Democrática del Congo, demuestra que el M23 no es, en ningún caso, una rebelión congoleña; más bien una rebelión impuesta por los países vecinos: Uganda y, sobre todo, Ruanda.

Nuestra intención no es la de recorrer aquí la historia de la guerra intermitente que lleva devastando la parte oriental del Congo desde hace casi dos décadas, con más de cuatro millones de víctimas mortales y cientos de miles de desplazados. Solamente señalar que el origen de la misma se remonta a 1996, dos años después del fin del genocidio ruandés, en el que los hutus asesinaron a 800.000 tutsis.

Entonces, el Congo era aún Zaire y dirigido con mano de hierro por Mobutu Sese Seko quien acogió en su territorio a genocidas y a desplazados hutus que temían represalias de los nuevos administradores tutsis. Ruanda, con la excusa de perseguir a genocidas, ataca a Zaire con la ayuda de los rebeldes congoleños; consigue deponer a Mobutu y encumbrar al líder rebelde, Laurent Kabila, a la presidencia del país. Así, el presidente Kagame tuvo el pretexto perfecto para ocupar por la fuerza las áreas donde se asentaron los hutus y controlar, de paso, los recursos naturales.

Después de la segunda guerra de Ruanda contra el Congo (1998-2003), en este caso contra su antiguo aliado Laurent Kabila, que se opuso a los abusos y al expolio ruandés, y pese a los esfuerzos de la comunidad internacional para pacificar el país con una de las misiones más costosas de la ONU, primero como MONUC luego como MONUSCO, Ruanda y Uganda han boicoteado sistemáticamente dichos esfuerzos, fomentando rebeliones pseudo congoleñas en las provincias de Kivu para, así, seguir controlando las minas de cobre, oro, coltán, diamantes e incluso el petróleo que se esconde en el subsuelo de la región.
Museveni y Kagame

Incluso la misma Naciones Unidas, en diversos informes, viene acusando a Ruanda desde 2010 de genocidio de huntus ruandeses en el suelo congoleño, y desde 2012 de apoyar a los rebeldes congoleños de M23, para seguir controlando los recursos naturales.

Estos informes, a todas luces, deberían ir más allá y hablar directamente de rebelión ugandesa y, sobre todo, ruandesa contra el pueblo congoleño, más que contra el gobierno. Un hecho innegable: ¿dónde se han ido los comandantes de la rebelión de M23 tras la supuesta derrota frente a las fuerzas armadas congoleñas? Han vuelto a sus casas: a Ruanda y a Uganda. El último de esos informes, filtrado en las últimas horas, tras la firma del acuerdo de paz entre el gobierno del Congo y los rebeldes en Nairobi, señala que los líderes del M23 se mueven con total libertad en Uganda y que continúan con el proceso de reclutamiento en Ruanda.

Es más apropiado, pues, hablar de una rebelión orquestada, organizada e impuesta desde el exterior. Los países vecinos del este (Ruanda y Uganda) organizan sucesivas rebeliones y las infiltran en el Congo a su antojo, a través de sus lugartenientes: primero con Laurent Nkunda (2005), luego con Bosco Ntangana (2012) y finalmente con Jean-Marie Runiga Lugerero (2013). La maquinaria ya está en marcha, preparando la siguiente operación, para cuando lo decida el amo de Kigali, Paul Kagame, y su aliado ugandés, Yoweri Museveni, con la complicidad de algún títere congoleño y la pasividad internacional.

Y todo con un objetivo: provocar la inestabilidad política para apoderarse de los minerales a precios mucho más baratos y sin controles estrictos a la hora de extraerlos y exportarlos. El sufrimiento continuo de niños, mujeres y ancianos de la región les importa un bledo.-




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